viernes, 14 de noviembre de 2008

La palabreja

Antes de empezar, quiero dejar claro, por si alguien se siente molesto por este post, que lo que expongo es única y exclusivamente mi opinión personal, que nadie tiene por qué compartir. Es más, si alguien la comparte le pediré royalties por copiarme ;-)

Ayer volvía a casa escuchando una tertulia en la radio sobre becarios y sus penas, y escuché una palabra que me dió que pensar: igualitarismo. Sonaba un poco amenazadora y tenebrosa, como todo lo que acaba en -ismo. Pero para centrar las ideas, copio y pego de la RAE (en la Wiki no está todavía ;-P)

igualitarismo
1. m. Tendencia política que propugna la desaparición o atenuación de las diferencias sociales.

Recuerdo mi época universitaria como una de las mejores de mi vida a nivel tanto académico-profesional (sí, aunque no cobrara, estudiar era mi trabajo) como personal. Sentía que evolucionaba y crecía cada día, notaba las mejoras, me asombraba al reflexionar sobre cómo era antes y compararlo con el estado sólo unas semanas después. Al terminar mis estudios, no tuve que pasar por el estatus de becario para acceder al mercado laboral. Estábamos en la época dulce de las punto-com y con los profesionales del ramo había una locura similar a la que hasta hace bien poco había con las hipotecas. Incluso me encontré con casos pintorescos como el de un Ingeniero de Caminos que trabajaba conmigo: "Me lo ofrecieron sin más".

Volviendo al tema, uno de los contertulios se quejaba amargamente de que, actualmente, las empresas cubren con becarios parte de sus necesidades de recursos humanos. No acabo de entender por qué se rasgaba las vestiduras, probablemente porque aunque la situación fuera vox pópuli, él se enteró esa misma mañana... Poco después leyeron un e-mail de un oyente donde traducía a lenguaje laboral una de las verdades más crudas de la ley de mercados: los productos indiferenciados y no especializados sólo pueden competir en precio. En este caso el producto es el trabajo que realiza la persona, y si no se diferencia del que realizan otros, no es especializado y sólo puede entrar en el mercado laboral haciéndolo cada vez más barato (el que se llame becario o no, es anecdótico).

Y aquí surgió LA palabra. Igualitarismo. Si hicieramos el mismo ejercicio de traducción al lenguaje laboral, se podría decir que es la tendencia (política?, social?, económica?) que propugna la desaparición o atenuación de las diferencias laborales. Pero lo verdaderamente grave es que lo aplicó a la enseñanza universitaria: tendencia que propugna la desaparición o atenuación de las diferencias académicas. Y tiene razón.

¡Que todo el mundo estudie en la universidad!¡Que todo el mundo tenga su título!¡Todos iguales!¡Valga o no valga!¡Quiera o no quiera!¡Lo único que importa es tener la etiqueta, que es lo que me va a salvar del paro y convertirme en la élite! Pues no. La etiqueta sirve para diferenciar los que la tienen de los que no la tienen. Si todos la tienen, no sirve para nada porque no diferencia nada. Estamos bajando el listón para que todos puedan llegar. ¿Y cual es el resultado? Que estamos igualando POR DEBAJO!!!

jueves, 2 de octubre de 2008

Benzin

Las gasolineras parecen ser lugares extraños que pertenecen a un mundo paralelo. Han evolucionado desde los cutres surtidores aislados, instalados a las puertas de una destartalada cabaña al lado de una carretera polvorienta, como se ven en el cine, a ser casi más grandes que los centros comerciales, con supermercado, restaurantes, hotel, guardería y demás historias. Incluso los hay que se convierten en verdaderos oásis en medio del desierto, como uno que conozco en EAU que tiene los únicos establecimientos donde comprar algo de comer en varias decenas de kilómetros a la redonda. Y, como no podía ser menos, lo que ocurre en ellas, también es casi de otro mundo.

El otro día Ishtar recomendaba tirar casi todo lo que significara pasado para no anclarnos y poder evolucionar. Yo empecé a hacer lo propio en casa el otro día, y descubrí que tengo trabajo para rato. Me asombró la cantidad de cacharros y cachivaches que me resistía a tirar, y que al cabo de los años no hacen otra cosa que criar polvo en algún rincón de la casa. Así que me pregunté: ¿para qué quiere alguien un compresor de aire en casa? Lo digo porque en varias gasolineras he visto que debes ir a pedir el manómetro para comprobar la presión de los neumáticos. Ergo, los roban. Ergo, alguien tiene uno de esos trastos en casa.

También he llegado a ver esto en una gasolinera, sin que el individuo en cuestión llegara a arrancar nada (me consta que hay quien sí lo ha vivido, con riesgo de incendio y todo). El tío había pedido que le repostaran, había ido a pagar, y pensaba arrancar sin preocuparse de nada. Había que ver la bronca que le pegó al pobre chico de la manguera por no haberle avisado. Como si la manguera no se viera, o como si el dueño no tuviera que comprobar nada.

Y, por supuesto, yo también he hecho de las mías. A veces he de mover el coche para que no me sucediera esto. Pero lo más fuerte fue el otro día, al salir de la oficina, debía tener la cabeza en otro mundo porque, al mirar el reloj del salpicadero cuando salía de la gasolinera, pensé: "Esa lucecita amarilla debería estar apagada". La cara del tipo al que le pedí que moviera el coche porque no había repostado era para sacarle una foto.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Filosofía doméstica


El otro día, mientras intentaba que la entrada de mi casa no pareciera que estaba en zafarrancho de combate, con la maleta a medio deshacer y un montón de cosas más por medio, descubrí que yo también tenía alma de filósofo.
Cuando estudié Filosofía en 3º de BUP y COU, mi profesor (muy bueno, todo sea dicho de paso) se empeñaba en decirnos que, si alguien se hace preguntas sobre su existencia, está filosofando. Por lo general la Filosofía, tal como la concebían los antiguos, la usan, en nuestros días, cuatro colgados drogados hasta las orejas, que miraban las estrellas sentados en tumbonas de playa en la azotea de un edificio.
Pero el domingo por la tarde descubrí mi alma de filósofo al descubrirme haciéndome estas (y muchas más) preguntas:

  • ¿Cómo puede una sola persona plegar, de forma lógica, una sábana para una cama de matrimonio?
  • ¿Cuántas cacerolas te sobran?
  • ¿Por qué en la lavadora entran los calcetines por parejas y siempre sale uno desparejado?
  • ¿Por qué las plantas salvajes no necesitan agua y las domesticadas sí?
  • ¿Por qué las sartenes nunca son de la medida exacta que necesitas?
  • ¿Dónde se queda el agujero cuando te comes la rosquilla?
  • ¿Por qué no empiezas a buscar ese libro por el último lugar donde se te ocurriría dejarlo?
  • ¿A quién se le ocurrió fabricar ventanas sin persianas?
  • ¿Tienes en hora el reloj de la cocina?
  • ¿Cuanto se tarda en decidir colgar una lámpara?
  • ¿Qué es mejor, una pared sin cuadro o un cuadro sin pared?
  • ¿Cuántos cubiertos usas a lo largo del día?
  • ¿Alguien usa los soportes para huevos que hay en la nevera?
  • ¿Cuanto pueden sobrevivir los jazmines sin agua?
  • ¿Es verdad que los tupper ni se crean ni se destruyen, sino que sólo se transforman?
  • ¿Cómo es que tengo cuatro mecheros en casa si no fumo y tengo cocina eléctrica?
Desde luego, cualquiera que quiera puede completar esta lista con las preguntas que, a buen seguro, os haceis mientras os afanais en las tareas domésticas.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Una lista, ¡qué horror!

Siempre he pensado que, mientras que no se puede discutir que 2+2=4, calificar en asignaturas de Letras es más subjetivo. Esta fue una de las razones por las que siempre me han gustado más Ciencias que Letras: no me quería ver expuesto al albedrío de algún profesor amargado. La otra razón es una pesadilla que se repetía constantemente durante mi época de estudiante: llegar a un exámen que me había preparado a conciencia y quedarme con la mente más en blanco que el papel que tenía delante. Nunca me he quejado de mi memoria, que siempre me ha funcionado muy bien, pero nunca he dejado de sentir miedo por si se me olvidaba algo que, a juicio del calificador, fuera más importante de lo que me parecía a mí.

Casi había conseguido olvidarme de esa sensación, ya que entre los estudios y el trabajo no he necesitado memorizar nada salvo en contadas ocasiones, con resultado dispar que ya contaré otro día. Pero el otro día, gracias a Carome, me volvieron las pesadillas. 6 cosas que me hicieran feliz... Parece fácil, pero cuando empecé a pensarlo, no parecía venirme nada a la cabeza. Es curioso que, al menos en mi caso, sólo analizo los porqués cuando no me siento bien, para intentar no repetir, pero no cuando me siento bien para intentar repetir. Puede que sea deformación profesional. El caso es que aquí estoy, delante del PC, exprimiendome los sesos, a ver qué tal sale.

La primera es fácil: sentir esa mirada que significa todo. Me parece lo de las miradas debe ser igual de bueno que jugar al poker y perder, que ganar es ya la leche: no me suele pasar.

La satisfacción del trabajo bien hecho. No soy un fanático del trabajo, y creo que por muy enriquecedor que fuera, si el dinero me cayera del cielo haría otras cosas, pero ya que trabajo en algo que me gusta, si encima sale bien...

El recibir visitas inesperadas tampoco me ocurre a menudo, porque vivo un poco a desmano de casi todo el mundo que conozco, pero me encanta. Quizás como la gente se prodiga poco, cuando ocurre me pillan sin pastitas para el café o con la casa patas arriba, pero no hay que asustarse.

He descubierto que me encanta decidir en el último momento el destino del viaje, por ejemplo, cuando te levantas por la mañana para salir poco después.

Y en cada viaje intento descubrir un rincón desconocido; puede ser un paisaje, una calle escondida, un restaurante o simplemente un lugar cualquiera con encanto. Pero esto no siempre es posible, porque conoces demasiado el sitio, o porque no hay nada que descubrir.

Y la última, os reireis, pero es así: una noche de pijama y sofá, con un libro y buena música, o con una buena película, después de una semana de viaje por trabajo.

No ha quedado mal la lista esta. Asusta más de lo que es en realidad. Lo que me niego en redondo a hacer es intentar repasar toda la gente a la que le ha llegado este meme para no coincidir en los encargos, así que confiaré en que sea suficiente con no incluir los blogs que ya lo han publicado. Ahí van los siguientes destinatarios: Belona, Isthar, Joseph Cartephilus, Bito, DIF y Ligeia. Que aproveche....

miércoles, 20 de agosto de 2008

Back in business

-¡Hola!

- Hola... hola... hola... la... la... a... a... a...

Hay veces en que te asalta la sensación de que te has pasado tres pueblos. Era normal cuando empezabas a salir con los amigos y tanto tú como tus padres aun no le habíais cogido el ritmo: llegabas a las 7 de la mañana y pensabas "me he pasado". Y el puro que te caía te confirmaba que tus padres pensaban lo mismo. Luego los horarios no cambiaron pero se convirtieron en lo normal, así que la sensación desapareció.

Aunque es absurdo a mis años, me asaltó la misma sensación cuando, al acabar mis vacaciones, mantuve con mi nevera la corta conversación que encabeza este post. Estaba tan vacía que había eco. Sí, he estado de vacaciones, por si alguien no se había dado cuenta. Así que el misterio de porqué no posteaba, está más o menos desenmarañado. Y digo más o menos porque reconozco que el esfuerzo asociado a publicar es prácticamente nulo: han sido unas vacaciones modelo "gorrino pachón" (Joaquín Reyes dixit).

Todo empezó hace poco más de un mes, cuando mi empresa me regaló una estancia de doce días en Emiratos Árabes Unidos, ni de trabajo ni de vacaciones. ¿Y qué hago yo allí? Para aquellos que querais saber más, or recomiendo Missing Luggage, donde he compartido, vivido y/o presenciado como actor secundario invitado muchas de las anécdotas que cuenta Carome.

De regreso volé directamente a vacaciones, previo paso por Madrid donde acabé de solucionar unos papeleos, y me fui a mi tierra, donde estuve de visitas varias a familiares y amigos de todo pelaje y condición, algunos de los cuales no veía desde hacía años. Algunas pinceladas de lo que hice: cena y copitas en Altea, a ser posible de cara al mar, es un privilegio; y Joker se sale.

Y las vacaciones, como todo lo bueno y lo malo, se acaban. Así que el domingo por la tarde regresé a casita y, tras conversar con mi nevera y sentir durante un instante que habia estado demasiado tiempo fuera, aunque sólo habían sido dos semanas, volví a la dura (?) realidad de soltero. Al dia siguiente pasé por el supermercado sin lista, porque cualquier cosa que comprara seguro que me hacía falta, en vista del estado de mi nevera. Como es normal, me equivocaba: tengo suministros de papel higiénico y rollos de cocina hasta Navidad.

No puedo acabar sin agradeceros a todos los que, de una forma u otra, por mail o comentando en mis blogs o en persona, os habeis acordado de mí y, aunque poquito y cada uno a su manera, me habeis echado de menos.

jueves, 3 de julio de 2008

Cachas (II)

Poco a poco me doy cuenta que los gimnasios encierran todo un ecosistema de personajes curiosos. Entre la jungla de hierros y máquinas de tortura propias de la Inquisición que decoran el interior de cualquier gimnasio pulula una fauna de especímenes de ambos géneros de lo más dispar. Tanta biodiversidad sólo la he encontrado en Lavapiés, el Soho londinense y cierta Facultad de la Universidad de Valencia (aunque yo sea de la Politécnica, la curiosidad me puede). Sin vivir en una ciudad cosmopolita, me he dado cuenta de la cantidad tan grande de diferentes tipos de personajes que habitan en los gimnasios. Debe ser que no sólo pasa aquí.

Los especímenes masculinos se pueden clasificar en los siguientes grupos:

  • Profesional: modelo 2(ancho)x1(fondo), independientemente de la altura del individuo. Si nos limitamos a mi entorno, puedo citar al monitor de mi gimnasio, que ha competido a nivel nacional, un rumano concentrado 100% que parece un leñador de Transilvania y una simbiosis extraña entre excarcelario y portero de discoteca, con la piel tapizada de tatuajes.
  • Pseudo-profesional: aunque con el cuerpo trabajado, no llegan ni de lejos, al modelo profesional 2x1. los más abundantes. Si hay algo que los caracteriza es la agresividad: parece que hayan comprado todas las máquinas del gimnasio. Tienen su rutina de ejercicios bastante depurada y no dejan que nada les distraiga. Y cuidado con cruzarte por la calle con su Peugeot ultra-tunning total.
  • Los normales: como yo, que hacemos lo que podemos.
  • Carne de agujetas: suena despectivo, pero es lo que parece. Visitan el gimnasio como si fueran de cañas a un bar nuevo: lo prueban todo. Así acaban, sin poder moverse, odiando la mala hora en que decidieron hacer un poco de ejercicio.
¿Y las féminas? ¿Qué pasa con ellas? Pues dejando aparte las que "no vamos al gimnasio porque no lo necesitamos" (no voy a dar nombres), también existen especímenes extraños y clasificaciones para ellas:
  • La monitora de aerobic, profesional. Sólo diré que la primera vez que me crucé con ella, yo estaba de espaldas y al oirla hablar, dudé. Y cuando me giré para mirar, dudé más.
  • Cuarentonas ociosas: van a aerobic a pasar el rato, a partirse de risa, a quedar para más tarde. Sin objetivos, sin prejuicios. Puede que sean las únicas personas que entienden verdadermanete esto de hacer ejercicio.
  • Vampiras: en los treinta y tantos. Están buenas. Y lo que es peor, lo saben y te lo restriegan por la cara. Vienen al gimnasio como al coto de caza. Se rehuyen mutuamente, como los leones al entrar en territorio ajeno.
  • Proto-profesionales: fanáticas del ejercicio físico, que no de la musculación (menos mal). Parece que sólo que viven para correr más tiempo, hacer más abdominales, darle más a la bici. Creo firmemente que tienen un problema psicológico: no parecen convencerse de que las tetas nos gustan. Normalmente revolotean alrededor de los grupos pseudo-profesionales masculinos.

lunes, 23 de junio de 2008

Máquinas infernales (I)

Quiero empezar con un pequeño inciso: algo que he notado entre la gente de mi gremio es que estamos un poco verdes en lo que se refiere a la historia de la materia principal de nuestro trabajo. Un artista sabe, aunque sea poco, de Historia del Arte, un escritor sabe quién era Baudelaire sin mirar la Wiki (como yo), y un Ingeniero de Caminos es casi devoto de Cauchy. Bien, preguntadle a un informático sobre qué había antes de los '80 y conseguiréis una mirada increíble, mezcla de odio, rencor y perplejidad. Vamos, que ni puta idea.

Para los que tengais curiosidad, este es un buen libro sobre los inicios de la informática (como tratamiento de la información, no como cacharrería electrónica) allá por los inicios del siglo XX, siempre que dejemos aparte el tono mezcla de lucha-proletaria-antisistema y descubridor-de-escándalos-ocultos. Lo que inicialmente era un monstruo de varios metros cúbicos de acero con aspecto de máquina de coser inmensa, se ha convertido en un portátil monísimo que cabe en cualquier lado y que permite hacer prácticamente de todo. Es decir, en menos de un siglo ha habido una evolución increíble en la informática, y que parece no tener tope. Si algo inicialmente tan "industrial" a primera vista como un ordenador, que sirve para gestionar información, ya lo que tenemos en todas las casas a pesar del "ingente" nivel de información a gestionar en una casa (fotos, recetas, libros, o las descargas del eMule)... ¿qué pasa con las lavadoras?


Cuando compré la casa con mi ex, se empeñó en que compraramos una lavadora que durara (?). Bien, en la tienda nos aconsejaron: "Esta". Perfecto, grande, blanca, muy mona. Reconozco que, hasta ahora que me acabo de separar, me he ocupado de la lavadora lo mismo que de los agujeros negros en el espacio exterior: ambos están ahí. Punto. Llegó el día en que todo se acaba, nuestra relación también, y poco después una necesidad imperiosa hizo acto de presencia: la colada. El primer dilema llegó en la selección del programa. 8 diferentes, con/sin prelavado, estándar/corto, normal/extra de agua, 5 temperaturas y 6 niveles de revoluciones a elegir. Así a pelo, y por pura matemática, salen 1920 combinaciones. Aparte de que parece que esté pidiendo una pizza, acertar la correcta entre las 1920 posibles parece imposible. La única ayuda es que, dependiendo del programa inicial seleccionado, hay combinaciones del resto no disponibles. Aunque no tengo el cáculo hecho, supongo que saldrán sobre 100 o 200 combinaciones. Valga decir que, desde que estoy sólo, he usado 3. Mola, ¿eh?

Al principio utilicé una opción que ponía "Automático". Pensé que era como la opción "Típica" de los programas de informáticos, que sin ser perfecta, te deja hacer cosas: estaba salvado. Puse la ropa sin orden ni concierto dentro de la lavadora, modo automático, la combinación de detergente y suavizante que mi buen juicio entendió como correcta, botón de "start", y una hora y media después obtuve una masa informe de telas descoloridas a medio lavar que no me atreví a destinar a trapos por si ensuciaban más que otra cosa. Tras consulta a los próceres de la materia (mi madre) me empezó a entrar el estrés: separar la ropa por color, tono, tejido, uso, nivel de suciedad y fase de la luna; cada una con su programa, el resto sobran; si no tienes para una lavadora, puedes elegir entre esperarte, poner el programa corto o rellenar con ropa limpia del mismo tipo (?); si notas que te quedas corto de alguna prenda (por ejemplo, calcetines) te compras más (buena solución, se lo diré a los gurús de Dirección de Operaciones), nada de mezclarlos con otras cosas; ten siempre más detergente y suavizante de sobra, que siempre llega el día que has de hacer la colada y no hay. "Espera", dije, "¿todo eso para una simple lavadora". "Pero si es muy fácil". "¿Fácil? Estás de broma, ¿no?". "No". Se me cayó el alma a los piés.

Desde entonces sigo a rajatabla todas las indicaciones, con lo que la ropa sale más o menos "viva" de mis manos, pero nunca dejo de desear que, ahora que Bill Gates ha abandonado la presidencia de Microsoft después de conseguir hacer fácil algo tan críptico como la informática de antes de los '80, dedique unos milloncejos a comprar una fábrica de lavadoras y desarrolle un "Automático" como todos esperamos.